Con Franco no pasaba esto…

Publicada el Autor Juan Mateos VillegasDeja un comentario

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Ayer tuve la oportunidad en una vieja ciudad castellana de sustituir la comida tradicional por ese recomendable placer que supone ir de tapas por algunos de los bares más populares. El placer añadido fue  que mi anfitriona es una mujer con años de trabajo comercial en esa ciudad, lo que te permite, también al estilo castellano,  ir conociendo y compartiendo charlas con un buen número de amigos y conocidos. En una de ellas, ya en esa hora en la que los practicantes de este particular viacrucis hemos consumido una cantidad apreciable de buen vino, me presentó a un encantador compañero de barra que dedicó un buen rato a explicarme cómo se desmembraba España y cómo los políticos posteriores a Franco merecían tratamientos que oscilaban, según  la clasificación habitual en esta forma de pensamiento,  entre el desprecio y la horca.

No se lo discutí, por supuesto. Este hombre, ya bastante entrado en años, estaba hablando desde su convicción, un territorio al que sólo se puede acceder activando su propio sistema de valores emocionales. Y es que a  esas horas ya estábamos más para finalizar el safari gastronómico que para proponer líneas de entendimiento en algo tan irrelevante como es una charla de bar.

Sí que me sirvió en cambio su monólogo para pensar en este post y proponer una reflexión. Como sabemos muy bien, en todos los mensajes dirigidos a los consumidores solemos hacer algunos guiños para identificarnos con sus creencias y con su sistema de valores.  La pregunta es: ¿ha habido con  la crisis un cambio social en las creencias de nuestros potenciales clientes?

A mí me gusta abogar por el SI.  Es verdad que a todos nos gusta consumir bienes,  pero creo que el profundo sentido consumista de esta  sociedad era sólo de prestado. El modelo norteamericano que vincula consumo con felicidad y admira el logro de la riqueza no ha calado de forma convincente en nuestra sociedad. No es un descubrimiento nuevo ni exclusivamente español, porque ya las grandes compañías llevan años avanzando en mensajes medioambientalistas o de responsabilidad social. Sin embargo hemos avanzado muy poco en la generación de mensajes que nos pongan en sintonía con nuestros clientes cuando se trata del día a día. Muchos esfuerzos de innovación en la comunicación de algunas compañías mueren irremediablemente atropelladas por  campañas cortoplacistas o por el diseño general de su oferta en los puntos de venta.” ¡El precio, el precio!” -piensan los angustiados ejecutores de estas campañas  mientras van adquiriendo un color de piel amarillento que, como ya sabemos, es el paso inmediatamente anterior a lanzarse desenfrenadamente a competir en el universo del “todo a un euro”.

¿Cómo conciben actualmente el mundo nuestros clientes? ¿Cuáles son sus motivaciones para sintonizar, o no, con la filosofía de nuestra oferta?  ¿El éxito de campañas con trasfondo solidario, como la última de Campofrío,  es indicador de que puede darse una alianza de objetivos entre las marcas y sus consumidores?

Los valores y creencias son el elemento más fuerte de agregación de las personas. Se sintonizan en clave de mensajes y  también de actitudes. Pensar en ello y perseguir modelos que vayan más allá de los viejos esquemas economicistas  no nos hará ningún daño.  Hay que ir más allá del simple intercambio de bienes y proponer modelos de relación basados en afinidades ideológicas. Por supuesto que no hablo de afinidades políticas ni de recibir a mi amigo en un comercio lleno de banderas. Pero seguro que él, y muchos de nosotros, estaremos mucho más contentos, por ejemplo, en entornos que no nos llenen de ofertas y eslóganes y que, a cambio, nos faciliten una elección razonable de aquello que queremos consumir y un entorno amigable en el que no parezca que el objetivo primordial es hacerse con nuestro dinero. Y es que, además, querer vender a costa del precio siempre acaba resultando carísimo.

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